Sunday, September 6, 2009

Diferentes realidades


Te miraba preparar el café de la mañana, ensimismado, como si con cada movimiento se fuera un pedazo de tu vida. Esa era mi imagen, ¿estaría yo en tu realidad? ¿Estarías preparando el café en nuestra casa, o estarías preparando el café en un velero recorriendo las aguas del Caribe?

El escritorio repleto de papeles que esperan ser procesados. Una mano que acaricia mi mejilla descendiendo por los hombros y que yo no siento. Un beso perdido en otra dimensión, salpicado de agua salada.

El teléfono suena. Una voz hace preguntas acerca de un contrato, la paciencia con la reiteración, con ese repetir incansable que produce el Alzheimer.

Y vos entrecerrás los ojos mientras el viento tibio acaricia tu rostro en la cubierta del velero, mientras me tomás la mano, que no es mía.

El altavoz repite mi nombre y yo todavía tratando de liberarme del discurso reiterativo.

El vaivén de las olas mece la nave que te lleva lejos de mí. Para vos estoy a tu lado. Disfrutás mi presencia. No existe la vorágine.

A la hora del almuerzo te llamo por teléfono. Indago cómo va tu día: “Complicado, tengo una cita con un cliente en diez minutos y creo que no llego…”, -“bueno, te dejo, no te retraso”-.

El viento mece la vela suavemente y el barco recorre su trayecto con modorra, me ves leyendo a Borges, reconfortado de tenerme.

Abajo espera esa señora que sólo quiere poner quejas y yo tengo que escuchar. Una mano distiende los músculos de mi cuello y alivia a la que está leyendo “El milagro secreto”.

Escucho la perorata, trato de ser amable y dispuesta a ayudar. El celular vibra en mi cintura y le pido disculpas, debo atender la llamada: “Llegué a tiempo, se hizo la transacción, esta noche no cocinamos, podemos festejar en algún lado”.

Lleno los papeles pertinentes, les doy curso, respiro. Trato de beber un vaso de agua que se derrama en mi chaqueta, siento dolor en el hombro. Escucho: -Disculpame, no te ví.

El empujón me sumerge hacia el fondo. Te reís, ves como nado hacia el horizonte, alejándome y gritás: “cuidado con los tiburones…”. Regreso a la seguridad del bote.

Podría irme temprano, mañana estoy de guardia y va a ser un día largo…

Recuerdo un caso pendiente para el cual necesito recabar información, regreso al escritorio, busco entre la montaña de papeles, levanto el teléfono…

Mientras cambiás la dirección de las velas, intuís que escucho el silencio del mar y te quedás callado.

Son las seis, afuera hace calor y la ropa molesta, también el tránsito que es común a esta hora, la dificultad para llegar.

Suavemente la embarcación gira enfilada hacia la isla. El sol cae rojizo en su límite con el mar, en poco tiempo me verás en la playa, con los pies sobre la arena tibia.

Lo primero que hago es sacarme los zapatos y sentir la aspereza de la alfombra, necesito un café, voy a la cocina y pongo a hervir el agua. Me desvisto y quedo en ropa interior. ¿Podrán verme los vecinos indiscretos? No importa.

Ves mi piel colorada y ardiente. Después de la ducha tus manos recorren mi cuerpo con crema mentolada. Lo que siento es el sorbo de café quemando mi garganta.

Escucho las llaves en la puerta: “¿qué hacés desnuda?”. – “No estoy desnuda, tengo ropa interior”, - “Es lo mismo que estar desnuda”.

Hacés que las sábanas me acaricien. El ventilador de techo ondea el aire. Creaste esta atmósfera apacible antes de comenzar con el juego de tus labios.

“Vestite así nos vamos, tengo hambre”. En diez minutos termino el café y vestida me siento en el carro que arranca para ir vaya a saber adónde.

La luz de la noche entra por la ventana iluminando la cama y nuestros cuerpos exhaustos.

Las voces llegan en murmullos diligentes abarcándolo todo.

La llama de la vela tiembla con la brisa y los dos hacemos sonar las copas en un brindis expiatorio, un brindis que tal vez algún día nos lleve a ser cómplices de una misma realidad.

Alejandra Ferrazza