Saturday, November 6, 2010

Puntadas y dobladillos

El ruido de la máquina de coser llenaba el ambiente pero también se infiltraba por las paredes hacia los apartamentos contiguos.

Era insoportable escuchar ese sonido monótono durante todo el día sin cesar, que enervaba a todos los que estaban alrededor. Por esto la señora Catalina de Giprietto no era bien mirada por sus vecinos. No había forma de hacerle comprender que su compulsión por la costura con esa antigua máquina estaba desquiciando los nervios de todos los inquilinos del viejo edificio.

Nadie sabía qué era lo que cosía, no lo hacía para ganar dinero, su jubilación más la pensión del marido - ella misma había dicho - le eran más que suficientes para vivir. No encontraban una explicación que justificara su hábito por la costura, ni tampoco la solución para que dejara de hacerlo por lo menos durante algunas horas.

Frente a su máquina, Catalina rezongaba contestándole a la radio:

"Sí, díganme ahora que estamos mejor que antes, o acaso no ven lo que pasa diariamente, los asesinatos, la indecencia de la juventud, la gente poco a poco se está volviendo loca; uno por uno."

Mientras decía esto, sus dedos [hábiles ]trabajaban con la rapidez con que una araña teje su tela. Perseverante hilvanaba las puntillas para luego coserlas a máquina. Y seguía diciendo:

"Y ahora cada vez más la gente pide ser cremada en vez de ser sepultada decentemente, como Dios manda. Ya no quieren ser veladas ni que les manden flores; ¿qué será: que quieren ganar tiempo?, como si lo necesitaran una vez que pasan a mejor vida... Porque en definitiva la muerte es eso, terminar con las desdichas de este mundo para gozar la paz eterna del Reino de los Cielos."

Mientras ella seguía cosiendo la radio anunciaba: “Casa de Sepelios ..., su mejor elección...”

"¡Si hasta hacen propagandas!.¡ Ay lo que tengo que escuchar con mis setenta años!. Si ya ni siquiera ellos tienen respeto por los muertos, no los embellecen como corresponde para que su rostro refleje el estado de beatitud.”

Diciendo esto en voz alta se detuvo con la máquina y se levantó para ir a la cocina donde sacó cuatro platos de la alacena que llenó con comida.

"Mish, Mish, vengan a comer preciosos que mami ya les tiene su almuerzo preparado...Vengan mis chiquitos, así está bien, coman todo para estar sanos y fuertes."

Catalina decía esto mientras agachada acariciaba con ternura a sus mascotas de pelaje erizado.

"¡Ah si no fuera por ustedes qué sola me sentiría...!

Bueno, bueno, no me puedo quedar todo el tiempo acá, tengo que seguir con mi costura"

Y sentándose frente a su máquina siguió hablándole a los gatos en voz alta.

"Miren a la señora de enfrente, es una anciana como yo y también está sola. Los viejos terminamos solos porque dicen que no servimos para nada. Siempre la veo en su máquina de coser y rodeada por sus gatitos..., como yo; parecemos almas gemelas. Me da una lástima...Espero que no se de cuenta que yo la espío, no me gustaría que anden diciendo por ahí que soy una chismosa."

Mientras hablaba cortaba una tela blanca que tenía extendida sobre la mesa con una enorme tijera que manejaba con increíble habilidad.

"¿Saben una cosa?, pronto vamos a tener compañía.¿No se alegran? Estamos siempre tan solos...¿Que hora es? Me voy a ir a arreglar un poco" . La mujer les seguía hablando mientras se dirigía a su cuarto.

"A ver..., vengan gatitos,¿ les gusta este vestido? No, no es el apropiado, estas florcitas aunque pequeñas son una falta de respeto, lo mejor es este negro ¿no creen? El negro denota dignidad para la ocasión. Y ustedes a comportarse, no quiero tener que llamarles la atención, bueno, ahora salgan de acá que tengo que cambiarme, vamos, vamos, ¡afuera!"

Catalina de Giprietto se puso su vestido y zapatos negros y salió del cuarto hacia el baño. Mientras se estaba peinando sonó el timbre. Con toda tranquilidad terminó de arreglarse, por último se pintó los labios de rojo, el timbre volvió a sonar insistente y yendo hacia la sala les habló nuevamente a sus gatos:

"¿ No les dije? ya está acá. Ya voy, ya voy."

Catalina abrió la puerta y se encontró con un muchacho que tenía una caja en la mano.

- ¿Usted es la Sra. de Giprietto?- Preguntó.

- Sí, soy yo jovencito.

- Tengo este paquete para usted. Me tiene que firmar aquí.

- Por favor pase y déjemelo arriba de la mesa.

- No pesa nada Señora.

- Yo sé,... pero hágame el favor. ¿Dónde le firmo jovencito?- le decía mientras cerraba la puerta con dos vueltas de llave.

Ya había anochecido y los gatos maullaban histéricos requiriendo la atención de la anciana quien parecía no escucharlos.

Después de un rato largo de estar ensimismada comenzó a hablarles en voz alta al mismo tiempo que seguía cortando la tela.

" No, ya les dije que no vamos a abrir la caja todavía.¿ No ven lo que pasó? Esto es terrible, yo ya dije que la gente se esta volviendo loca. No puedo creer lo que he visto..., la viejita de enfrente apuñalando a una persona así como así, con tal desparpajo, eso me pasa por estar espiando, pero yo... yo no ví nada. Nadie va a decir de mí que soy una fizgona, yo no me meto en los asuntos de nadie.¡ Ay Dios!, este mundo está loco, seguramente que va a ser otro muerto para cremar, sin velorio, sin flores. ¡Qué horror!,¿ a dónde vamos a ir a parar?....y ustedes sigan diciendo que todo está bien, sigan riendo y pasando música sin respetar a los difuntos"- decía dirigiéndose a la radio que estaba a todo volumen.

“Y ustedes ya cállense y vayan a dormir que ha sido un día muy largo, salgan de ahí irrespetuosos, maleducados, dejen descansar en paz." -les decía a los gatos mientras ella se sentaba en su máquina para seguir cosiendo.-

A esta altura los vecinos ya se habían congregado en el pasillo para terminar con ese tormento, era un escándalo, la radio, la máquina de coser, el maullido de los gatos, los gritos...

Los inquilinos golpearon la puerta con fuerza pero nadie abrió. Decidieron llamar a la policía.Cuando llegaron tuvieron que tirar la puerta abajo. El panorama que tenían frente a sus ojos era macabro.

Catalina de Giprietto seguía cosiendo a máquina sin darse cuenta de lo que estaba pasando, hasta que en un momento levantó la vista y vió a toda esa gente mirándola absortos. Ella también se sintió desconcertada.

Solo habló cuando dos policías la tomaron por los brazos y la llevaron hasta la puerta.

"¿Qué pasa?. ¡No! - decía mientras trataba de zafarse - Yo no soy la asesina, ustedes se equivocan, es la viejita de enfrente, yo la ví, es aquella - gritaba mientras señalaba su imagen que se reproducía en el enorme espejo de la sala.-

Es ella, y yo que le tenía lástima... Yo la ví, es una indecente, ni siquiera habrá velorio, ni flores, ni funeral. Fue ella...”

Entre tanto los gatos seguían maullando alrededor del cuerpo del muchacho que estaba inerte en el piso, enfundado en una ensangrentada mortaja blanca. Su rostro maquillado; y ni aún así denotaba la paz de la muerte como hubiese querido Catalina, por el contrario su rictus era aterrador.

A su alrededor habían flores de plástico como coronándolo rey de lo absurdo.

La tela blanca y la tijera sobre la mesa estaban teñidas de rojo al lado de una caja vacía; y muy ordenadas; con una prolijidad exagerada, se veían docenas de mortajas esperando su dueño, mientras se oía el maullido histérico de los gatos y a lo lejos los gritos de Catalina de Giprietto que no dejaba de acusar a su vecina de enfrente.

Asepsia

Cuando ya estuve en condiciones de volver a salir a la calle, tuve que adaptarme a nuevas mecánicas, y debo reconocer que aunque puse un gran esfuerzo de mi parte, el hecho de viajar en ómnibus había comenzado a gustarme, por eso iba seguido a la casa de tía Celina.

Trataba de ocupar un asiento al lado de la ventanilla, porque así me entretenía mirando el movimiento de la calle y su gente.

Es cierto que cada vez que salía me demoraba demasiado con los preparativos ya que el viaje en un vehículo público conlleva una serie de peligros que hay que cuidar y tener en cuenta, por eso mi ritual era meticuloso, pero la ventaja es que después que uno lo realiza seguido ya forma parte de una rutina.

Lo que me molestaba de la llegada a casa de la tía era que tenía que cumplir todas las normas de rigor pero a la inversa, en un lugar que no era el mío, a lo que se le sumaban sus rezongos y actitudes de impaciencia.

No sé cómo hubiese reaccionado si hubiera visto el empeño de mis actos al regresar a casa, porque aquí sí tengo que tener mucho más cuidado, al tratarse de mi hábitat no puedo permitirme ningún desliz que pueda contaminar mi ambiente, por eso antes de entrar me saco los guantes y los meto dentro del bolsillo del saco y los zapatos quedan en la puerta de entrada, por supuesto del lado de afuera. Ya en el baño me quito la ropa evitando que ésta haga contacto con algún objeto, y la meto en una bolsa de plástico que siempre tengo allí preparada para luego llevarla al cuarto de lavado. Después desnudo y con guantes de látex desando el recorrido mientras limpio con alcohol todos los picaportes que toqué, al terminar esto, estoy listo para bañarme.

Una vez bajo la ducha ya puedo sentirme más relajado.

La cuestión es que en el nuevo trabajo me tenían bastante consideración con las llegadas tarde, creo que el Dr. Ordóñez, - mi médico -, tuvo algo que ver en esto.

En fin, que los viajes a lo de mi tía, se habían insertado muy bien en mi rutina diaria, dos visitas por semana no trastocaban mi orden.

Cada vez disfrutaba más de esas salidas, podía distraerme un poco de los pensamientos que me obsesionaban para dar lugar a otro tipo de reflexiones. Ese enjambre de gente yendo y viniendo, sus rostros, sus actitudes, como si nada les importara unos de otros con todo lo que cada uno llevaba por dentro..., sencillamente me fascinaba.

Pasó cierto tiempo antes de que descubriera el placer que me producía cada vez que yo entraba en las casas e invadía tan fugazmente la intimidad de las personas a través de las ventanas y balcones. Ese día, comencé a ir más allá de mi destino. Extasiado en lo que sentía, mi viaje se prolongaba ya sin rumbo, no importaba la meta, sólo vivenciar vidas ajenas.

Dejé de ir a lo de mi tía, lo cual ella me reprochaba mientras yo desviaba el tema diciendo que tenía mucho trabajo.

Llegó un momento en que no podía prescindir de esos viajes diarios en ómnibus, ellos cubrían todas mis expectativas.

Desde el punto de partida hasta mi destino, ese contacto fugaz - y según el médico, “ilusorio” - , que yo tenía con mis distintas vivencias, daba albergue a un sin número de sensaciones, a pesar de que no todas eran agradables, sólo el hecho de sentirme vivo de esa manera, me incentivaba a querer disfrutarlo.

Mi trayecto debía cumplirse por preferencia en horarios nocturnos, cuando las ventanas de los apartamentos quedaban iluminadas.

Sólo necesitaba un rápido contacto visual, pero si el vehículo en el que viajaba se detenía por unos minutos en un semáforo o a causa del mismo tránsito, ahí venía el regodeo; el éxtasis. Así podía tener acceso a los detalles, al ángulo de luz de una lámpara, a una silueta huidiza que pasaba de un cuarto a otro. La impresión se hacía más intensa cuanta más intromisión visual tenía.

Una vez, a través de un balcón, vi una luz tenue en un rincón de la sala, y supe que allí vivía un matrimonio. Que él sintiera adoración por ella, no sería suficiente para salvarlos de un trágico final.

Otra vez me inmiscuí en un departamento lujoso, pero la luz de la sala era blanca, y estaba escondida detrás de una garganta en el techo, la sensación fue terrible, esa gente se odiaba a sí misma y a los demás, y supe que tenían un oscuro secreto.

La luz juega un papel muy importante, lo he descubierto en base a mi propia experiencia

Cuando vi aquel bombillo pelado colgando de un techo, me produjo una tristeza infinita, sensación de pobreza, luego vislumbré un ropero y una mesa en el medio del cuarto como tema central, e inmediatamente tuve depresión, me vino a la mente un hombre flacuchento, de esos pobres de espíritu, que beben para olvidar que son tan poca cosa.

Ésta es sólo una de las impresiones generalizadas que me causa el invadir la vida ajena, hay un sinnúmero de diferentes alternativas.

El problema comenzó cuando mi tía, - preocupada porque ya no iba más a su casa, no contestaba el teléfono y hacía semanas no aparecía por el

trabajo -, fue a ver al Dr. Ordóñez.

Éste se asombró, pues yo seguía yendo a su consulta, y no le había comentado nada acerca del trabajo.

Pero más me asombré yo al enterarme por él, que mi tía había estado metiéndose en mis asuntos. Tuve que explicarle al doctor que había decidido tomarme unas vacaciones, cosa que no entendió muy bien ya que había empezado a trabajar hacía poco.

En realidad estaba dedicando todo mi tiempo a estas intromisiones en la vida de la gente, a Ordóñez le había estado contando lo de mis viajes sin rumbo y lo mucho que me gustaban porque sentía que entraba de alguna manera en sus vidas. Él cree conocerme, pero en realidad no es así, todo lo que me decía era que mi subconsciente estaba tratando de suprimir una compulsión, y que lo que estaba haciendo era suplantándola por otra, que todo eso que yo creía era algo “ilusorio” y que lo mejor era trabajar con mi problema real que era mi neurosis obsesiva primaria, para eso debía alejarme de mi nuevo hábito y sumergirme de lleno en mi tratamiento, según él ya había obtenido grandes progresos y no debía distraerme de mi meta.

Por eso digo que él no me conoce. No entiende que yo puedo realmente saber de ésta gente, siento lo que sienten, son ráfagas de imágenes y sensaciones, pero son reales, tan reales como esta necesidad de que todo esté muy limpio, sin ningún tipo de gérmenes, sin ninguna contaminación.

Al darme cuenta que Ordóñez no me entendía ni me iba a entender nunca, con esa mente minuciosa que parece no servirle de nada, es cuando decidí no contarle más acerca de mis viajes, sólo seguí yendo a su consultorio para continuar mi tratamiento y no levantar sospechas, cuanto más que mi tía se estaba poniendo cada vez más insoportable.

Pero lo que realmente me interesaba era mi nuevo descubrimiento, sentado junto a la ventanilla del ómnibus mis ojos se movían con tanta rapidez de un costado a otro para no perder la más mínima visión, que por momentos me sentía mareado, sólo los cerraba por algunos segundos para reponerme y poder seguir contemplando mis sensaciones, sí, digo bien, contemplando mis sensaciones, ya que estas sensaciones provenían del contemplar, aunque esta contemplación se realizara en fracciones de segundos.

Todo era muy rápido, pero mi mente asimilaba con esa rapidez.

Ráfagas, oleadas, destellos de vidas, eso era todo lo que era y todo lo que necesitaba, hasta ese día. Hasta ese día en que toda esa rapidez cesó, y quedé abstraído en esa ventana. No sé lo que pasó, no sé por qué el ómnibus se detuvo por tanto tiempo, no sé cómo pudo suceder pero sus ojos penetraron los míos como si fueran cuchillos, y supe que sufría, sentí su dolor y luego ya no me miraba, vi su espalda y su cuerpo alejándose de la ventana, hasta perderla.

Esa noche no pude dormir, sus ojos seguían acuchillándome desde la oscuridad absoluta. Tuve que levantarme y darme una ducha ya que su dolor me contaminaba, me refregué con el cepillo hasta sangrar.

Durante días no pude salir ya que con esas heridas el peligro de contaminación era mayor, me quedé en cama vendado, cambiando las sábanas diariamente, tratando de borrar las pesadillas de mi mente durante el día, hasta que todo me pareció “ilusorio”, como me había dicho Ordóñez.

...“Ilusorio”, no podía permitirme darle la razón.

Comencé a prepararme tomando todas las precauciones, ahora había adicionado también unos guantes de látex debajo de los guantes de lana ya que me parecía que por la trama podían pasar los microbios más fácilmente.

Cuando estuve listo salí a la calle, tomé el ómnibus de siempre y presté mucha atención. Allí estaba, sus ojos otra vez encontrando los míos, como en un ruego, pero apuñalándome, para después darme la espalda y desaparecer.

Sabía que nunca había estado equivocado, por un momento dudé, pensé que Ordóñez tenía razón, qué alivio presenciar su derrota.

Mi tía comenzó a llamarme más seguido que nunca, se había enterado que había perdido el trabajo y ahora me hostigaba constantemente.

Me hacía sentir que yo estaba en falta recordándome todo lo que ella hacía por mí, le reiteré una vez más que no tenía que seguir pagando por mis terapias ni mis gastos, que yo de alguna manera me las arreglaría, pero ella insistía que no se trataba de dinero, sino de una cuestión de responsabilidades, etc., etc., etc....

Mi tía era como una mosca zumbando en el oído cuando uno está concentrado en algo.

“Ella”, la de la ventana, era mi principal preocupación, ella y su dolor.

Todas las demás vidas se fueron diluyendo de manera proporcional a mis viajes, hasta que todo lo demás se borró y quedaron sólo sus ojos que eran dos puñales que por las noches en mis sueños laceraban mi carne.

Por las mañanas en la ducha buscaba las heridas en mi cuerpo desnudo y no estaban, las buscaba en la ducha de la tarde pensando que por la mañana se podrían haber escondido bajo la pesadez del sueño, pero mi cuerpo estaba intacto.

Un día de madrugada necesité a Ordóñez, lo llamé por teléfono incansablemente y no obtuve respuesta, estaba desesperado, y en esa desesperación recordé que una vez en una conversación previa a la terapia me había dicho que frecuentaba un bar ...

Salí a buscarlo una vez que cumplí con todos estos rituales que me detienen con el tiempo, y allí estaba, recostado sobre la barra, tan borracho que ni siquiera me reconoció. Con su pobre mente meticulosa anegada por el alcohol, y me trajo a la memoria la lamparita colgada del techo, el ropero, la mesa en el medio del cuarto y ese flacuchento personaje que se me pareció a él, con su mediocridad, con su pobreza de espíritu. Y me pregunté ¿cómo podía yo necesitarlo a él?

Y aquí estoy, dispuesto a valerme por mí mismo con todas mis incapacidades. Necesito seguir con mi vida y recuperar todas las que he perdido, pero antes debo terminar con ciertos obstáculos...

Ordóñez es uno de ellos, pero no sólo para mí, ¿cuántos pacientes están a merced de su desentendimiento, de su pequeña y obtusa mente?

Tía Celina, pobre, tratando de tomar el lugar de mi madre. Controladora, cada día destacándose más en su papel.

Y ella, la de la ventana, que me robó todas las vidas apuñalándome con sus ojos hasta querer terminar ahora también con la mía.

Siempre quise ser cirujano, siempre me gustó la esterilidad de los quirófanos.

Hoy el ritual tendrá algunas variantes, debo hervir el estilete y llevar guantes de repuesto, debo cepillar mis uñas con mayor cuidado, ninguna precaución es exagerada, tal vez hoy sí, deba usar el barbijo...

¿La ruta?...., la casa de Ordonez, la de tía Celina y la de ella...

La casa cíclica

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los secretos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.”

“Casa tomada” de Julio Cortázar

La casa siempre ha sido patrimonio de la familia, nunca hubo conflictos al respecto. Somos pocos y tenemos muy en claro que no hay un dueño. La propiedad pasa de uno a otro según las necesidades del momento.

La casa pertenece a ella misma, y en eso, todos estamos de acuerdo.

Está allí desde tiempos inmemoriales, albergando distintas generaciones con sus amplios espacios, sus paredes sólidas, la armonía de su estructura, se podría decir por su fisonomía, que es una casa con carácter.

Hoy el destino ha querido que Alfred y yo la habitemos.

Todas las noches nos visitan, invariablemente desde que nos mudamos a la casa.

En realidad resulta incómodo recibirlos a diario, ellos tratan de no molestar, pero su

silencio de alguna manera irrumpe en nuestra intimidad, se inmiscuye en nuestras tareas cotidianas. Es cierto que durante el día jamás nos han molestado, pero las noches no nos pertenecen, ya comenzamos a sentir la opresión de su presencia y lo más difícil, es no saber cómo deshacernos de ellos.

Hemos tratado las indirectas más directas, pero no se dan por aludidos.

Nos imponen cosas: un portarretratos que yo dejo sobre el mueble del pasillo, termina apareciendo sobre la mesa de la sala, Alfred dice no haberlo cambiado de lugar; son ellos, que ya no son visita, sino presencia constante.

A veces me pregunto por qué esta insistencia de apoderarse de los espacios, en este momento nada les pertenece.

La gente pensará que yo soy mala. Una noche me di cuenta que me seguían, esto no lo habían hecho nunca hasta ahora. Me hice la distraída, como que no me había dado cuenta de lo que estaban haciendo y me dirigí hacia el sótano. Vinieron detrás de mí, podía sentir esa ráfaga de aire que se forma al caminar rápido. No miré hacia atrás, bajé las escaleras y me acerqué a la lavadora como si fuera a utilizarla, esperé unos segundos, no miré, pero se que estaban revisando todo porque nunca antes habían estado allí, lentamente me di vuelta, sosteniendo la respiración para ni siquiera hacer ruido y alertarlos de mi movimiento, comencé a subir la escalera lentamente al principio y cuando casi estaba llegando al final, aceleré los pasos, mis sienes latían como si las venas fueran a estallar en cualquier momento. Lo más rápido que pude cerré la puerta. Esperé unos segundos, todo era silencio. De repente escuché golpes, nunca antes habían hecho ruido, esperé pensando que en cualquier momento abrirían la puerta, pero no, sólo la golpeaban porque querían salir. Estaban atrapados, a pesar de que la puerta no estaba trabada, eran incapaces de abrirla.

Corrí a contarle a Alfred. Cuando volvimos al lugar ya todo estaba en silencio. Lo dejamos así, no volvimos a abrir la puerta.

Disfrutamos mucho de esos días sin intrusos, nos sentimos libres, de mejor humor. Decidimos llevar la ropa al lavadero para no tener que entrar al sótano, toda esa molestia era mínima comparada con la satisfacción de sentirnos dueños de la casa.

La tarde que tuvimos ese terrible accidente en el momento que llevábamos a lavar la ropa, sentimos frialdad, fue como si un manto helado nos cubriera inmovilizándonos, el sonido se desvaneció y todo fue obscuridad.

Cuando regresamos a la casa, todo estaba distinto, mi prima Ana y Sergio, su esposo, estaban tan atareados que ni siquiera advirtieron nuestra presencia. La recorrimos cruzando los umbrales de un cuarto a otro, allí estaban los otros esperándonos.

Con el transcurso de los días, mi prima, nos deja saber de su incomodidad, se la pasa poniendo en su lugar lo que nosotros desacomodamos y nos dirige indirectas de que ya nada nos pertenece, no se da cuenta que ella y su esposo son los intrusos, la casa no es de nadie, es de ella misma. Mi prima, la muy tramposa está tratando de engañarnos para llevarnos al sótano, no se da cuenta que la casa nunca será de ella.

El molar de Judas

Trabajaban día y noche con sus herramientas. Socavando la superficie, ya habían llegado a hacer un pozo bastante profundo.

Pero a veces hay sorpresas, y uno nunca debería fiarse de las personas.

Todo sucedió inesperadamente, primero un aluvión de agua dejó inoperantes a centenares de ellos. Una segunda remesa llegó sin pérdida de tiempo, pero éstos fueron atacados por una especie de tornado que arrasó con todo. El panorama se estaba poniendo difícil. No obstante lo grave de la situación, seguían llegando refuerzos, pero esta vez para quedar sepultados bajo un magma que no tardó en endurecerse.

Judas los traicionó sin aviso, tantas veces lo habían oído decir que jamás se sentaría en la silla de un dentista…, y finalmente...ahí estaba, muy orondo con su molar de oro.

Transmutación

Cuando mirás el mar te sentís ave. Desde lejos ves los edificios y las luces de la ciudad, pero te gusta fundirte con la naturaleza, es lo que te da vida, no hay sensación que disfrutes más que esa, sintiéndote animal, metamorfoseándote con un pelícano mientras se te humedecen los ojos por el viento.
Esta noche el mar se ve más hermoso que nunca, a pesar de que hay tormenta y en el horizonte resplandecen las luces de los relámpagos como si fueran reflectores. Miro atentamente tu perfil y me doy cuenta que sos feliz, en tu rostro se dibuja una sonrisa perdida mientras el viento hace bailar tu pelo sobre la cabeza y la mirada se te va en la lejanía.
“Me están esperando en las profundidades”, me decís, y respirás hondo cerrando los ojos. Yo no te hago caso.
¿“Te imaginás todo lo que hay allá abajo, todo lo que tengo que conocer”?
Me agarrás de la mano y querés llevarme al agua, pero te acordás que no me gusta el mar de noche y desistiendo de tu intención te dejás llevar por mí a la casa.
Delante del gran ventanal me atraés hacia vos y me besás. Es un beso dulce y largo. Luego corrés la puerta de vidrio y una ráfaga de aire cálido entra como para quedarse y comenzás a desprenderme la camisa y el sujetador deslizando tus manos en caricias hasta dejarme inválida de fuerzas para resistirme.
Comienza a llover torrencialmente mientras nuestros cuerpos se enredan y bailan al compás de los truenos y relámpagos.
En el horizonte los rayos parten la noche y parecen salir del mar como si alguien los estuviese lanzando al infinito.
De repente me siento en la intemperie, como si la lluvia resbalara por mi cuerpo a pesar de que estoy seca. Esa brisa que entró nos envuelve cálida y pegajosa, y tengo la impresión de estar con un lobo, con una ameba que me fagocita. Es sólo una fracción de segundo que esta sensación se hace tan vívida en mi piel..., al instante volvés a ser vos mismo quien está conmigo, pero queda esa percepción rondando, envolviéndome.
El tiempo pasa por nuestro lado inútilmente, nuestras horas tienen más minutos, nuestros minutos tienen más segundos. Pierdo noción de lo que nos rodea y el aire se vuelve aún más etéreo.
Me tomás la cara entre tus manos y hacés que te mire fijo a los ojos, siento tu mirada hipnotizándome y me parece esta vez estar con una serpiente, una boa, y no puedo hacer nada pues se enrosca en mi cuerpo y me asfixia.
Respiro profundamente y toso, es ahí cuando la presión sede y otra vez sos vos el que me abraza.
Te levantás lentamente y caminás hacia el ventanal, desde allí me decís:
“Cuando tengo los pies sobre la arena me siento vivo”, y te quedás mirando el mar.
Cierro los ojos y sonrío, un sopor me envuelve y mi conciencia se deja llevar por la somnolencia. Sueño que vuelo sobre el mar arriba de un albatros gigante y soy feliz hasta que se hace de noche y el pájaro trata de tirarme en las aguas oscuras. Me despierto con frío porque estoy desnuda y el ventanal sigue abierto, te busco por la casa, te llamo, grito tu nombre pero no estás.
Camino hacia la ventana, está aclarando y no te veo, pero allí en la arena están las huellas de tus pies descalzos que siguen su rumbo derecho y finalmente se pierden en el agua.
Una tristeza profunda me invade ahora y me envuelve como nos envolvió esa brisa cálida y pegajosa la noche anterior, y pienso que tal vez, cuando pueda sentirme animal, cuando sienta igual que vos con los pies sobre la arena, ese día pueda encontrarte en las profundidades del mar.

De amor y de locura

Le gustaba verla ensimismada ensartando collares. No entendía cómo podía
hacerlo con esa luz tan tenue; ella decía que así las turquesas y lapislázulis
parecían más reales y que el collar cobraba vida una vez terminado.
Excentricidades, pensaba él. La veía tan hermosa con ellos..., sus ojos
tomaban el color de las piedras y no dejaba de mirarla hasta el punto de
sentirse hipnotizado.
Para Hugo siempre fué etérea, no sabía si era por su caminar liviano, casi
en puntillas, o por esos vestidos largos, de gasa, que acariciaban los objetos
en su andar. De cualquier manera su presencia llenaba la casa, se imponía
sutilmente, florecía entre los inciensos y las velas, se arrellanaba entre los
almohadones.
Se había empecinado en que los helechos del jardín estaban tratando de
entrar a la casa y que Hugo tenía que hacer algo, ya había sacado dos
ramas de atrás de la mesita donde estaba la lámpara y creía que lo que
buscaban era llegar al baño donde encontrarían agua; él se reía y le decía
que eso era porque ella no los regaba.
Muchas tardes, sentada en el sofá mientras esperaba el regreso de Hugo,
desviaba la mirada a la ventana y en las nubes de un día gris, veía su
imagen, su pelo algodonado, sus manos llamándola, como diciéndo:
“Vamos, animate”, enseguida Marisa se levantaba para romper con el
encanto y se ponía a enhebrar sus collares.
Él siempre le traía flores, su perfume se fundía con el olor de sus cabellos
mojados que empapaban su ropa, y esa frescura lo incitaba a él tan
provocativamente que comenzaba a llenarla de besos.
Un día, Hugo la encontró con una túnica blanca y una corona de lirios en la
cabeza, la vió hermosa, la casa estaba iluminada únicamente por la luz de
cientos de velas que ella había diseminado por todos lados, parecía irreal,
pero estaba allí, esperándolo con los brazos abiertos.
Un día, inesperadamente le dijo: “Te pido que no me molestes más desde
ahí arriba, cuando miro el cielo me estás llamando. No me ahogues, cuando
no estás, quiero estar sola, necesito mi espacio, no te me aparezcas así de
repente como espiándome.”
Hugo nunca entendió lo que le había querido decir, pero desde ese momento
puso más cuidado en cómo tratarla, pensó en su fragilidad y sintió una gran
ternura.
Otra vez la encontró desnuda, dormida sobre el piso y cubierta por las hojas
de los helechos que ella tanto aborrecía, entonces él la llevó cargada hasta
la cama, la tapó con las sábanas y la besó con dulzura hasta que él también
se quedó dormido.
Adoración es la palabra.
Nunca recordaba nada al día siguiente, él pensaba que era parte de su
juego, y nunca se interesó por insistir, le fascinaban sus rarezas, toda ella
era un ser especial.
El día que la tuvo que sacar de la ducha de agua hirviendo con su cuerpo
enrrojecido y ampollado, se desesperó, la secó cuidadosamente y le puso
crema sobre la piel mientras ella tarareaba una canción. Había pasado
horas en el baño y ni se había dado cuenta.
Una noche Hugo se despertó y vió a su mujer de pie sobre él, como una
diosa, como no la había visto nunca, resplandeciente, con sus collares sobre
el cuerpo desnudo y con una antorcha encendida en la mano.
Él le sonrió y ella dijo:
- Nunca volverás. - Y le arrojó las llamas a la cara.
Hugo se llevó las manos a la cabeza desesperado, se levantó y corrió, pero
el fuego ya había encendido su pelo y bajaba por el cuerpo. Gritaba, se
sacudía, ella lo miraba arder mientras su cara se iluminaba con el reflejo de
las llamas, y entre la luz y la penumbra se dibujaba una sonrisa.


Marisa ahora tiene un cuarto blanco desprovisto de muebles, con un
colchón en el piso y ropa de cama también blanca.
Desde ahí sentada, en lo alto, puede ver una ventana, y allí un
pedazo de cielo, donde está Hugo en la forma de las nubes, con
flores en las manos como invitándola a buscarlas.
Ella se siente elevar casi hasta tocarlo, el viento juega a enredarle
sus cabellos en la rama de un árbol impidiéndole subir más y la figura de
Hugo se desintegra. Desesperada trata de recomponer
su imagen como un rompecabezas para poder retenerlo, pero es imposible,
no la dejan.
Y ya cuando siente otra vez los pies sobre la tierra, la figura de Hugo
reaparece con los brazos abiertos, esperándola, y Marisa con los suyos
atados se pregunta: ¿Por qué volvió?

Año '92

Le decías a todo el mundo que te gustaba echarme aceite, gota a gota hasta vaciar el frasco, porque así sabías que podías llevarme hasta los límites y que yo te iba a responder al máximo. Ese comentario estaba de más, pero a vos te gustaba repetirlo para hacerte el importante frente a tus amigos. Sentía tus manos aferrándome como quien no quiere perder el control sobre algo, para luego rendirte ante ese vértigo que te llenaba de placer y te hacía sentir que estabas vivo.
Después de lo que pasó, nunca entendí esa obsesión que tenías de lavarme centímetro a centímetro, minuciosamente, como queriendo borrar todo vestigio que delatara nuestro vagabundeo por las calles en busca de esa persona que jamás encontraríamos.
Era extenuante querer hallar ese rostro entre una multitud, un rostro que existió, sí, pero que ya sabíamos no estaba más entre nosotros. Y luego, la desazón, el sabor amargo con que se llenaba ese hueco cuando después de horas de infructuosa búsqueda terminábamos recogiendo a una cualquiera que pasaría la noche junto con vos arriba mío, porque a esa altura, ya te daba lo mismo.
Después, con el tiempo, conociste a Susana y pensaste que te podría hacer olvidar, pero ahí escondida estaba esa morbosidad tuya, esa cuestión enfermiza de querer lastimarte, y por esa razón, - aunque lo niegues - la alejaste.
Susana, que no era “ella”, pero tan dulce, tan suave, que me traía su recuerdo a pesar de que jamás podría reemplazarla. Me hacía recordarla encendiendo mi radio con esos dedos largos y finos que tantas veces me habían acariciado en esa acción. Ella jamás lastimó un milímetro de mí, por el contrario me cuidaba tanto como vos a pesar de que no le pertenecía.
Yo sé que lo del accidente fue lo que desestabilizó nuestras vidas. De ahí en más siempre fue primero ella mientras estuvo internada, hasta que pasó lo que pasó. A mí venías a verme de vez en cuando y sólo de pasada, claro que lo mío no fue tan grave, aunque con un golpe como ese, dándome de lleno era como para desbaratar a cualquiera.
Yo estuve lista enseguida, pero ella estuvo un año en coma y sólo yo sé lo que sufriste, y lo que seguís sufriendo al saber con certeza que no la vas a tener nunca más.
¿Pero sabés qué es lo que más me duele? Que después de tanto tiempo de su muerte, pienses que yo fui la culpable, cuando el que manejaba eras vos, y por salir ileso, de repente quieras lavar tu culpa y tu responsabilidad descargándola en mí, con esa obsesión con la que me estás jabonando y lustrando para luego ponerme el cartelito con el que te vas a deshacer de mí para siempre y que dice: MODELO ‘92 perfectas condiciones $3500 .- o mejor oferta.