Saturday, November 6, 2010

De amor y de locura

Le gustaba verla ensimismada ensartando collares. No entendía cómo podía
hacerlo con esa luz tan tenue; ella decía que así las turquesas y lapislázulis
parecían más reales y que el collar cobraba vida una vez terminado.
Excentricidades, pensaba él. La veía tan hermosa con ellos..., sus ojos
tomaban el color de las piedras y no dejaba de mirarla hasta el punto de
sentirse hipnotizado.
Para Hugo siempre fué etérea, no sabía si era por su caminar liviano, casi
en puntillas, o por esos vestidos largos, de gasa, que acariciaban los objetos
en su andar. De cualquier manera su presencia llenaba la casa, se imponía
sutilmente, florecía entre los inciensos y las velas, se arrellanaba entre los
almohadones.
Se había empecinado en que los helechos del jardín estaban tratando de
entrar a la casa y que Hugo tenía que hacer algo, ya había sacado dos
ramas de atrás de la mesita donde estaba la lámpara y creía que lo que
buscaban era llegar al baño donde encontrarían agua; él se reía y le decía
que eso era porque ella no los regaba.
Muchas tardes, sentada en el sofá mientras esperaba el regreso de Hugo,
desviaba la mirada a la ventana y en las nubes de un día gris, veía su
imagen, su pelo algodonado, sus manos llamándola, como diciéndo:
“Vamos, animate”, enseguida Marisa se levantaba para romper con el
encanto y se ponía a enhebrar sus collares.
Él siempre le traía flores, su perfume se fundía con el olor de sus cabellos
mojados que empapaban su ropa, y esa frescura lo incitaba a él tan
provocativamente que comenzaba a llenarla de besos.
Un día, Hugo la encontró con una túnica blanca y una corona de lirios en la
cabeza, la vió hermosa, la casa estaba iluminada únicamente por la luz de
cientos de velas que ella había diseminado por todos lados, parecía irreal,
pero estaba allí, esperándolo con los brazos abiertos.
Un día, inesperadamente le dijo: “Te pido que no me molestes más desde
ahí arriba, cuando miro el cielo me estás llamando. No me ahogues, cuando
no estás, quiero estar sola, necesito mi espacio, no te me aparezcas así de
repente como espiándome.”
Hugo nunca entendió lo que le había querido decir, pero desde ese momento
puso más cuidado en cómo tratarla, pensó en su fragilidad y sintió una gran
ternura.
Otra vez la encontró desnuda, dormida sobre el piso y cubierta por las hojas
de los helechos que ella tanto aborrecía, entonces él la llevó cargada hasta
la cama, la tapó con las sábanas y la besó con dulzura hasta que él también
se quedó dormido.
Adoración es la palabra.
Nunca recordaba nada al día siguiente, él pensaba que era parte de su
juego, y nunca se interesó por insistir, le fascinaban sus rarezas, toda ella
era un ser especial.
El día que la tuvo que sacar de la ducha de agua hirviendo con su cuerpo
enrrojecido y ampollado, se desesperó, la secó cuidadosamente y le puso
crema sobre la piel mientras ella tarareaba una canción. Había pasado
horas en el baño y ni se había dado cuenta.
Una noche Hugo se despertó y vió a su mujer de pie sobre él, como una
diosa, como no la había visto nunca, resplandeciente, con sus collares sobre
el cuerpo desnudo y con una antorcha encendida en la mano.
Él le sonrió y ella dijo:
- Nunca volverás. - Y le arrojó las llamas a la cara.
Hugo se llevó las manos a la cabeza desesperado, se levantó y corrió, pero
el fuego ya había encendido su pelo y bajaba por el cuerpo. Gritaba, se
sacudía, ella lo miraba arder mientras su cara se iluminaba con el reflejo de
las llamas, y entre la luz y la penumbra se dibujaba una sonrisa.


Marisa ahora tiene un cuarto blanco desprovisto de muebles, con un
colchón en el piso y ropa de cama también blanca.
Desde ahí sentada, en lo alto, puede ver una ventana, y allí un
pedazo de cielo, donde está Hugo en la forma de las nubes, con
flores en las manos como invitándola a buscarlas.
Ella se siente elevar casi hasta tocarlo, el viento juega a enredarle
sus cabellos en la rama de un árbol impidiéndole subir más y la figura de
Hugo se desintegra. Desesperada trata de recomponer
su imagen como un rompecabezas para poder retenerlo, pero es imposible,
no la dejan.
Y ya cuando siente otra vez los pies sobre la tierra, la figura de Hugo
reaparece con los brazos abiertos, esperándola, y Marisa con los suyos
atados se pregunta: ¿Por qué volvió?

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